Sé que algunas preguntas surgen naturales, como respuestas tal vez; también sé que alguien que puede lanzar preguntas sin blancos, y con ellas generar caos, es alguien que ha caminado mucho, y que si bien puede desearlo, se niega a detenerse; es alguien que ha entendido que la libertad no se somete a estacionamientos, que es tan “incompleta contantemente” como es “continua la construcción y comprensión” del ser; es alguien que observa, que realmente observa, que lee más allá de las palabras pues sabe que las palabras son solo figuras, dibujos con los que alguien pretende mostrar la realidad propia. Hablo de esa realidad de adentro, verdadera y no colectiva aunque se vende a la interacción. Así comprendo hoy a quien representa el nombre Carolina García, quien a generado este caos que pretendo explicar, dar a conocer, compartir como respuesta a su favor porque creo en la necesidad de compartir lo propio, en este caso mi caos. Necesidad propia que no se pretende necesidad de nadie más, así como un niño sonríe no por regalar una sonrisa, no porque pensó en los beneficios de una sonrisa, sino porque simplemente (aquí lo simple viene a ser sublime) te mira y desea, siente y necesita sonreír (yo amo la sonrisa que de mis hijos: Efraín y Benjamín).
¿De dónde surgen mis palabras? Tomaré prestada la expresión que una amiga me lanzó ayer sin anestesia como producto de una de esas conversaciones que uno no puede permitirse olvidar (De lo que les hablaré luego en otro artículo). Surgen de “un hueco hondo, un vacío cuyas dimensiones desconozco”, que no sé ubicar, porque la palabra alma ya me parece inútil; surgen de un choque entre las creencias que “heredé sin opciones” (sistema de creencia completo, no me refiero solo a “creencias religiosas”, no solo las estructuras heredadas de una religión es creencias, también lo es la concepción de amor, vida, etc.) contra la “realidad de adentro” que desnudan las creencias heredadas haciéndolas temblar de puro frío. Surgen de la pena de no poder, por no saber aun definir mi realidad, de la pena de verme inútil, de la vergüenza de saberme desconocido en cada choque, surgen de ese deseo natural, al que uno muchas veces se opone, deseo de encontrar lo que aun uno no sabe nombrar; surgen de la frustración que comprendida y aceptada motiva y enciende.
Y escribo cada palabra que surge para darle figura a mi búsqueda, para no perderme de la perdida dentro de este laberinto. Es contrario a un desahogo, es más que vaciarme; es adentrarme en el vacío, es ser un desahogo, es llenarme de miedos para tener el valor de huir de la estabilidad que desestabiliza la esencia del ser, es decir, del uno ser. Le temo, entre un millón de cosas más, a la comodidad y a las bases que afirman en un solo lugar el crecimiento, así nombrado pero que refleja descenso, contra evolución, avance que retrasa. Escribo cada palabra que surge porque tengo la absurda y despreciable idea de que un día podré agotar las palabras para un mejor entendimiento.
Yo creo en el caos como comienzo, y mientras escribo me siento inmerso en la tempestad de inutilidades, devastado por la tormenta de ineficacias. No tengo nada que alardear, antes bien, a veces, cuando caigo en la tentación de leer lo escrito, a veces, me doy cuenta de lo hondo del hueco hondo, y de lo incalculable que son las dimensiones del vacío que no sé calcular.









